Cloro, cloro y más cloro.
Recientemente me he hospedado en un hotel cuya dotación de servicios para clientes incluye una zona de Spas, saunas, una piscina de dimensiones muy aceptables, con sus cascadas y demás, etc. En general, una zona lúdica basada en la utilización del agua. Algo realmente agradable y a lo que, confieso, tengo verdadera afición.
La citada zona estaba considerablemente cuidada: mobiliario acogedor, iluminación acertada, bajo nivel de ruido, etc. Pero, hete aquí, que todo el encanto se perdía a causa de un considerable olor a cloro.
Irritaciónes oculares y nasales, problemas respiratorios, y otras consecuencias se derivan de la presencia excesiva de cloro en agua. No digamos si además, las piscinas son cubiertas, su temperatura elevada (condiciones inherentes a los spa) y la materia orgánica presente en el agua es abundante con lo que la formación de cloraminas alcanza concentraciones, a su vez, excesivas.
Por inevitable deformación profesional no pude dejar de hablar con la Responsable del Área. Persona voluntariosa donde las haya. Pero convencida de que no hay nada como el cloro.
Traté de explicarle que, sin discutir su eficacia, sin pretender su erradicación, puede disponerse de otras tecnologías mucho más respetuosas con las aguas de consumo humano, que son eso: de consumo humano. Y explicarle que la tendencia europea (Reglamento Reach) es la reducción, incluso eliminación, de productos químicos en tales aguas. Pero, me temo, que con eso me quedé…
Claro que igual el hotel está perdiendo las ventajas de un servicio opcional, con todo su valor añadido, a causa de una bofetada de cloro que se superpone a cualquier otra percepción.
vicente m. picó



